La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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miércoles, 25 de junio de 2014

Un cuento sobre la izquierda y el independentismo




















La crisis económica había afectado tanto a España que el sistema de partidos vigente hasta ese momento se derrumbó. La necesidad de cambio llevó a un joven político y a su movimiento social a ganar las elecciones y a hacerse con la mayoría en las cámaras de representantes y, también, a ser proclamado presidente del gobierno.
El joven presidente, una vez investido, se comprometió a ser diferente a sus antecesores. Él iba a seguir escrupulosamente el programa electoral, él no iba a incumplir las promesas ni a traicionar a sus votantes como sus antecesores. Se dispuso a hacer rápidamente todos los cambios económicos y sociales que había prometido, con celeridad y audacia. La justicia social y la igualdad fueron los faros de su política y el pueblo realmente se lo agradeció.
Los empobrecidos por la crisis por fin pudieron levantar cabeza, el trabajo se repartió, se generaron mecanismos para evitar el acaparamiento grosero de riqueza, etc. El país, que hasta ese momento parecía estar extinguiendo a su clase media y empobreciendo a las clases populares, enseguida revertió su rumbo, creándose de nuevo una modesta clase media y reduciéndose las escandalosas tasas de pobreza que la crisis había traído. Las desgracias y la destrucción económica con la que la antigua clase gobernante había intentado asustar a la población no se vieron por ninguna parte. El país, pese a las dificultades, parecía resurgir.

Dentro de las promesas del joven político estaba también una nueva constitución que, entre otras cosas, diese mecanismos para solucionar la tensión territorial. Cataluña, en pleno auge del independentismo, exigía la convocatoria de un referéndum de autodeterminación que los políticos anteriores se negaban a concederle.
El nuevo presidente pensaba que la verdadera unión sólo podía basarse en la voluntad de las partes integrantes de la nación así que en la nueva constitución se estableció el derecho de autodeterminación de las antiguas Comunidades Autónomas (ahora se llamarían estados federados). Una vez aprobada la nueva constitución el gobierno catalán pidió ese derecho y, consecuentemente, se hizo un referéndum de autodeterminación en el estado federado catalán.
La enorme popularidad del nuevo presidente del gobierno (que hizo campaña a favor de la unión) y el ilusionante proyecto de país parece que fue lo que finalmente inclinó la balanza a favor del NO. Un 52% de los votantes optaron por el NO, esto es, prefirieron quedarse en España. Fueron las clases populares y sobre todo los municipios “obreros” los que mayoritariamente votaron a favor de permanecer en España, como así habían indicado los partidos del “catalanismo popular” en frente de un nacionalismo que sí quería la independencia.
La teoría de que la unión se fortalecía mediante el reconocimiento del derecho de autodeterminación de las partes pareció cobrar fuerza, a pesar de lo escuálido del resultado.

Y pasaron unos años y el país cambió. Una nueva crisis del petróleo generó otra crisis económica internacional y alteró la recuperación que parecía consolidada en España. De hecho el gobierno, teóricamente ecologista, tuvo que autorizar las prospecciones petrolíferas por toda la costa y las prospecciones para encontrar Shale gas ante los evidentes problemas energéticos. 
A la vista de los problemas el nacionalismo catalán comenzó a trabajar la idea de convocar un nuevo referéndum, convencidos que esta vez, ante la situación económica y el menor apoyo del presidente federal, lo ganarían. De hecho las encuestas parecían indicar que así sería.
Pero a España pareció tocarle la lotería cuando frente a las costas de Cartagena una empresa petrolífera norteamericana encontró enormes depósitos de petróleo. Las reservas eran mucho mayores que cualquiera de las previsiones que se habían hecho y eran suficientes no sólo para abastecer el país sino también para exportar petróleo al exterior. España se iba a convertir casi en una potencia exportadora de petróleo.
El ya no tan joven presidente prometió a la nación que los beneficios del petróleo iban a repercutir sobre el bienestar general. La empresa mixta que se iba a constituir tendría un 51% de capital público y los enormes beneficios del petróleo servirían para pagar la sanidad y las pensiones en España. El país se iba a situar a la altura de los países más ricos de Europa. Además, gracias a esto conseguiría parar el nuevo reto independentista catalán al dejar de ser la independencia algo económicamente interesante para Cataluña.

Sin embargo el gobierno del estado murciano hizo otros cálculos. Si Murcia fuese independiente, pensaron, y si por tanto los beneficios del petróleo repercutieran íntegramente en el estado murciano (que tenía 1,5 millones de habitantes y no 45 millones como España), se podrían convertir en un país con una renta per cápita similar a Suiza, de las mayores del mundo.
Ante tan golosa idea el gobierno murciano decidió solicitar un referéndum de autodeterminación para el estado murciano. De repente multitud de economistas, politólogos, periodistas y políticos murcianos comenzaron a aparecer en los medios de comunicación regionales vendiendo las bondades de votar SI a la independencia de Murcia, presentando estudios económicos que lo validaban y trayendo a colación argumentos emocionales, como la marginación tradicional que la región murciana había sufrido en manos del centralismo madrileño.
Se presentó como agravio el “robo” de muchos de los territorios que tradicionalmente pertenecieron al Reino de Murcia (parte de la provincia de Albacete y algunos municipios de Alicante), algo que fue achacado al miedo que había tenido centralismo de enfrentarse una Murcia poderosa. También se habló del desprecio de los castellanos hacia los murcianos como claramente se veía en aquellas palabras del rey Carlos III: “En mis ejércitos no quiero ni gitanos, ni murcianos ni gentes de mal vivir

Cuando el presidente vio cómo un súbito sentimiento independentista parecía invadir la antigua región de Murcia entró en cólera. Llamó a los miembros de su partido en la zona para decirles que no podían estar defendiendo el secesionismo y que se debían comprometer con la unión, la distribución de la riqueza y la solidaridad entre los pueblos de España, pero éstos le respondieron que no podían situarse contra la voluntad popular de la región. La conversación subió de tono y el presidente amenazó con expulsarles del partido si no deponían su actitud, a lo que los murcianos respondieron que adelante.
El presidente del gobierno tenía razón para ser tan taxativo. Su obligación era poder ofrecerle a todos los españoles los beneficios del petróleo, su promesa política era distribuir la riqueza entre los que más lo necesitasen y eso obviamente implicaba hacerlo también territorialmente. Murcia iba a crecer económicamente gracias a la refinería y la extracción de petróleo y él tenía que poder garantizar el bienestar de extremeños o castellanos que no habían tenido la suerte de encontrarse con petróleo frente de las costas que no tenían.
Los partidos políticos nacionales sufrieron una sangría de bajas de afiliados en Murcia. Escisiones y nuevos partidos de ámbito murciano aparecieron y se presentaron, además, como víctimas de las amenazas de los partidos nacionales. Los partidos nacionales, según ellos, les habían coaccionado y amenazado para que no siguiesen la voluntad de los murcianos, algo de tintes claramente imperialistas.
El presidente intentó por todos los medios bloquear el referéndum. Según él la cláusula constitucional no podía aplicarse en esta situación porque se contradecía otra cláusula constitucional que decía que los beneficios de los recursos naturales debían repercutir en la ciudadanía, se sobrentendía española. La verdad es que el bloqueo no parecía constitucional y obviamente los secesionistas lo denunciaron inmediatamente ante el tribunal constitucional.
También se intentó maniobrar con la empresa americana responsable del contrato petrolífero para agilizar la firma de la sociedad conjunta y así evitar que la empresa hiciese caso al gobierno murciano, sin embargo se llegó tarde y éste ya había maniobrado. Para que les tomasen como interlocutores válidos, el gobierno murciano prometió a la empresa americana que pudiese dedicarse a la extracción y refinería de petróleo sin necesidad de sociedad mixta alguna y a cambio simplemente de un razonable porcentaje de los beneficios. Con esto el gobierno murciano perdería gran parte de los ingresos, sí, pero la propuesta era tan atractiva que se aseguraban de que la empresa no firmaría nada con el gobierno español antes del referéndum y en cualquier caso la Murcia resultante de la independencia iba a ser riquísima igualmente.

La empresa americana, interesada en la oferta del gobierno murciano, dilató ex profeso las negociaciones con el gobierno español y finalmente el tribunal constitucional dio la razón al estado murciano y obligó a la realización de un referéndum de autodeterminación en la región. Parecía que todo iba a salir bien al gobierno murciano cuando, casi como un castigo divino, fueron víctimas de su propia estrategia.
Desde mediados de la década de 2010 en España había habido un gran debate sobre el “derecho a decidir”, algo que aplicaba territorialmente pero también a otros ámbitos, y en medio de esta ola política el cartagenerismo político se fortaleció. Basado en la existencia de la ciudad desde la época de los romanos y la herencia cantonal, el cartagenerismo revivió gracias a su relación casi mitológica con el republicanismo radical y convirtiéndose en representación de la resistencia de la voluntad popular contra las imposiciones centralistas.
Los cartageneros hacían unos números también muy simples. Era cierto que el PIB estimado de una Murcia petrolera estaría a la altura de Suiza, pero si estos beneficios se concentrasen en la comarca del campo de Cartagena (400.000 habitantes), Cartagena se convertiría en el país con más PIB per cápita del mundo sólo algo por debajo de Mónaco. La constitución reconocía expresamente el derecho a convocar un referéndum de separación en los estados federados pero también hablaba de respetar la voluntad popular y el derecho a decidir de los pueblos. El estatuto murciano, además, también estableció mecanismos legales para poder generar un estado federado de dos provincias si la gente del campo de Cartagena tenía una voluntad mayoritaria para ello.
Así pues los ayuntamientos del campo de Cartagena se unieron y elevaron una petición de referéndum al gobierno murciano para convertirse en una provincia. Después de ganarlo, pensaban, harían una petición al gobierno de la nación para establecerse como estado federado independiente de Murcia y, una vez ahí, pedirían el referéndum de autodeterminación tal y como contemplaba la constitución. Era un camino largo pero las disposiciones legales contemplaban todo el proceso.
Tan sólo había un problema: El tiempo. Tenían que evitar que la empresa americana firmase nada con el gobierno murciano (algo que parecía bastante próximo) y, a la vez, bloquear el referéndum de autodeterminación a nivel murciano. Lo segundo lo harían pidiendo la abstención (pensando que así no se llegaría a la participación requerida) mientras lo primero era fácil: En vez de un porcentaje de beneficios lo único que se le pediría a la empresa americana sería una mínima tasa por barril de petróleo extraído. Total, Mónaco no tenía recursos naturales repercutiendo en sus arcas y era un estado riquísimo, y la verdad es que siendo una potencia petrolífera tan pequeña se convertirían casi en un emirato republicano cantonal ¿qué podía salir mal?...


Este cuento no tiene final, el final lo escribe el lector. Podéis elegir quien gana, si España, Murcia o Cartagena, os dejo elegir el que más os guste. Aunque realmente quien gana no es ninguno de estos tres sino la empresa americana que al final es quien se va a beneficiar de que todos los gobiernos se peleen entre ellos.
También podéis decidir quién pierde pero esto, si me lo permitís, os lo voy a decir yo: Pierde el pobre, pierde el que no tiene fuerza, pierde el que no tiene poder para negociar. Probablemente perderá el campesino andaluz, y el comerciante extremeño y el obrero catalán, que verán como los beneficios del petróleo no repercuten en su beneficio sino que acabarán quedándose en los bolsillos de cuatro. Cuando se generan mecanismos que pueden incentivar el egoísmo económico normalmente acaban efectivamente generándolo y permitiendo que el fuerte y el que tiene suerte acabe aplastando al débil y al desgraciado.
Y es por eso por lo que los estados son coactivos, por eso los impuestos son obligatorios y por eso las personas no podemos hacer lo que nos dé la gana y decidir sobre todo de la manera que queramos. No podemos porque la puñetera realidad es que los cuentos de hadas no existen y los que parecen existir casi siempre acaban pareciéndose bastante más a un cuento de Charles Dickens que a uno de hadas.

3 comentarios:

  1. ¡Hostia! Excelente reflexión. Me toca ponerme a pensar. La verdad es que, visitando este blog siempre termina uno de esta manera, pensando. Y eso es genial. Gracias, Pedro. Y no cambies nunca.

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  2. Algo relativamente similar ocurrió en Canarias, con un nacionalismo o particularismo larvado y la reacción de las autoridades locales ha sido bien opuesta... Por no hablar, por obvios motivos, de esas polémicas exploraciones en el golfo de Valencia, a tiro de crucero de Cartagena. Ambos ejemplos, extraídos del mundo real, prueban los dispares intereses económicos, pero también sociales, laborales y emocionales, de las varias capas de la población. Dividirla territorialmente permite -a veces- ganancia de pescadores, pero también sirve -otras- para acercar el interés de las elites al del pueblo, así como para evitar interferencias endógenas o exógenas. Fiar a la unidad de un país mediano cuya trayectoria es históricamente palmaria el bienestar de sus damnificados acaso exige una reflexión más vasta que la magnifica alegoría que presentas; mi admiración por ella y enhorabuena

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  3. DEMAGOGOOOOO XDDDDD

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