La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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lunes, 21 de agosto de 2017

Sobre el odio y otras cuestiones
















El día del atentado en las Ramblas quise voluntariamente alejarme de las redes sociales. En la misma red Twitter dije que después de un atentado “Twitter se llena de comentarios de individuos que pretenden usar los atentados para fortalecer sus doctrinas y prejuicios, relacionando cosas inconexas o culpando a personas/sistemas de lo sucedido, sobre la sangre fresca de los muertos. También aparecen otros para los que el dolor se convierte en inmunidad para poder insultar y machacar a cualquiera subidos sobre una razón moral autoasignada”.

No era sólo Twitter el problema, la cuestión es que ciertas actitudes están arraigadas en la sociedad española. Desde hace casi dos décadas los atentados terroristas en España se usan con fines políticos (si es que no se usaban ya antes), y si juntamos eso con el estado actual de la prensa española, transformada en un altavoz de frente de combate dedicada al hundimiento de sus enemigos, no había que ser zahorí para darse cuenta que se iban a aprovechar los atentados para el hundimiento del enemigo.
Y así fue. Como prueba, no hay más que leer el editorial de EL PAÍS del día siguiente o esta viñeta de Peridis en el mismo periódico, dedicada a los independentistas, o esta columna de Lluis Bassets, en la que saca a colación lo que pomposamente les ha dado por llamar “turismofobia”, para comprobar lo que digo. Intentar usar el atentado terrorista para atacar a tus enemigos sigue siendo moralmente indigno, por mucho que sea una situación ya arraigada en nuestro país. EL PAÍS no iba a desaprovechar la ocasión para atacar el independentismo o la “turismofobia”, al igual que lo harán con Colau en cuanto puedan, con Podemos, y si encontrasen el vehículo acabarían haciéndolo con Maduro e incluso con Donald Trump.
Esto es algo extendido a toda la prensa española, y por consiguiente también a la prensa independentista catalana. Con un día de retraso, el periodista Suso de Toro, una especie de alter ego de Terch o Arcadi pero en independentista, nos deleitaba con esta joya en la que decía más o menos que los terroristas son aliados coyunturales del estado español.

Yo no soy amigo de sobrerreacciones emotivas ni de indignaciones sobreactuadas. La realidad es la que es, el ser humano está permanentemente sometido a los intentos de manipulación por parte de grupos organizados y desgraciadamente la muerte es parte de la realidad, no la congela ni paraliza, y ésta se usa como cualquier otra cosa. Escandalizarse por eso hasta el punto de situarte en un altar moral es algo un tanto infantil y muestra cierta visión irreal del mundo que nos rodea y de los límites morales de los seres humanos. De hecho, escandalizarse puede ser un intento de manipulación en sí mismo.
La manipulación existe y el odio también. Los seres humanos odian por muchas cuestiones, muchas ni siquiera dependen de uno mismo, son cosas heredadas que no hemos cuestionado o se convierten en estructuras de odio que nos envuelven desde que nacemos y que forman parte de nuestro mundo. Los terroristas odian, por eso se les manipula, y nosotros también odiamos y esos odios son un caballo de Troya en nuestro interior que nos convierte en potenciales víctimas de determinados mensajes, que buscan la explosión de nuestra emocionalidad para someternos a determinados intereses o ideas.

Cuento todo esto porque a pesar de mi alegato inicial en Twitter, hice una pequeña incursión en esa red social para defender a un usuario que creo que estaba siendo injustamente atacado. Este usuario estaba defendiendo básicamente lo mismo que yo aquí, que el editorial de ELPAIS era impresentable, pero se le ocurrió criticar también a los tuiteros independentistas catalanes que hablaban de la conexión del atentado con las “cloacas del estado”. A su interlocutor, persona a la que respeto intelectualmente, esto le parecía una asquerosa posición de equidistancia.
El argumento era más o menos este: Los “catalanes” habían sido atacados por los terroristas, y luego ELPAIS se dedicaba a instrumentalizar el atentado. Eso era tan terrible que ya estaba justificado todo, desde la paranoia de los independentistas hasta el victimismo en general pasando por cierta obligación de hacerse independentista, ante las muestras de catalanofobia y odio. No entender que había un agredido (los “catalanes”) y un agresor (los medios “españoles”), y no ponerse del lado de la víctima justificando todo lo que hacía y comprando sus argumentos, te convertía directamente en un “equidistante” que participaba a modo de colaboracionista en el odio hacia Cataluña.   
Al defender al tuitero yo pasé a ser también un equidistante que justificaba el odio a Cataluña, no, más aún, que colaboraba con él, que lo promocionaba, aunque se me concedió indulgentemente que lo hacía por ignorancia y por dureza de mollera. Obviamente defendí que eso era un disparate, que era un “o conmigo o contra mí” de libro, que acababa convirtiendo las indignidades en graves o justificables en función de la potencia del altavoz con las que se emiten, que esto no era más que dejarse llevar por la viejísima política del odio y los agravios. Todo en vano, ya estaba decidido quienes eran las víctimas (los “catalanes”) y quienes eran los malos (quienes no aceptasen las motivaciones independentistas, activa o pasivamente), y la conversación perdió cualquier viso de racionalidad y pasó a ser un enroque en posiciones de rabia justificadas con vivencias personales, muchas de ellas absolutamente inconexas con el caso pero que mágicamente compactaban el argumento emocional. Cuando hablan los sentimientos el cajón desastre es infinito.

Un ejercicio muy fácil para ver si se está siendo injusto o irracional con algo es plantear el mismo escenario cambiando los actores. Me imaginé un atentado en Madrid o en Sevilla y un editorial del diario Ara o El Nacional insinuando que esto había pasado porque el gobierno tiene a la policía pendiente de Cataluña en vez de tenerla trabajando contra el terrorismo. ¿Hubiese sido un acto de odio nacional irresoluble, algo que debiese hacer cambiar mi posición ante un conflicto político? Obviamente no, es disparatado, tanto que eso justifique un cambio de posicionamiento interno como la extensión de un editorial a casus belli, y mucho menos convertir a los “catalanes” en agresores de no sé quién.

Muchas veces pienso que una de las claves para una política sensata es cómo nos enfrentamos al odio, interno y externo, que tiene aproximaciones distintas. Lo del odio interno ya lo he explicado, creo que debemos ser conscientes que todos tenemos la semilla del odio dentro al haber nacido en una sociedad donde el odio existe. El odio es una degeneración de la emoción, que la proyecta en negativo sobre otro u otros, que justifica la frustración encontrando un chivo expiatorio al que cargar nuestras incapacidades. Es algo inherentemente destructivo que se apodera de uno.
En cambio, el odio externo, el de los demás, creo que no debe ser enfocado de la misma manera. El odio tiene causas, las personas y parte de las sociedades odian por determinados motivos y hay que enfrentar y analizar esos motivos, hay que intentar entender estos motivos, porque solo así podremos vislumbrar una solución. El odio al odio es odio, verlo así no es más que echarle fuego a una rueda que no acaba jamás. Hay que enfrentar porqué hay gente que odia a los inmigrantes, que odia a “España”, que odia a occidente, a la izquierda o la derecha, a los empresarios o a los sindicatos, y hay que intentar entender el odio sin comprenderlo, sólo así se puede llegar a conocer la sociedad en la que se vive. Tratando como enfermos o idiotas a quienes sienten eso, o bien militando en ese odio, no se consigue nada perdurable. 

Recuerdo a Azaña escribir en sus diarios, en plena guerra civil, que él sentía desprecio por muchas cosas idiosincráticas a la España de la época, como su atraso, su fanatismo y su violencia, pero que eso no le llevaba a rechazar ni a separarse del país, al contrario, que eso fortalecía sus ganas de cambiarlo. La frase de Azaña es plenamente vigente en la era de Twitter, porque basta con entrar un rato en la red social en días como esto para que te invada el sentimiento de que no vale la pena luchar por nada y que los problemas sociales son irresolubles. Pero no lo son, nunca lo han sido, de hecho han sido los hombres que no se han dejado embargar por este sentimiento quienes han conseguido que desde la sociedad violenta y analfabeta hayamos llegado a esta sociedad, que será decepcionante, pero que ha avanzado mucho respecto a esa.

lunes, 22 de mayo de 2017

El ocaso de EL PAÍS













Viendo la imponente victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE después del ataque y vilipendio constante al que le ha sometido el diario antaño referencia del progresismo español, El PAÍS, me vino una imagen a la cabeza. Retrocedí a mi adolescencia, en los años 90, y recordé lo que este diario representaba en aquel momento.
Recuerdo cómo cualquier progresista que se preciase iba con el diario EL PAÍS bajo el brazo, cómo incluso se contaba que mucha gente compraba EL PAÍS a la vez que otro diario, y escondía el otro dentro del diario de PRISA para que pareciese que realmente leía EL PAÍS, porque daba “caché” intelectual. Los artículos de opinión del periódico se llenaban de las mejores plumas del país, de intelectuales de referencia a los que respetabas y admirabas, aunque no te gustase su opinión. EL PAÍS, siempre comprometido con el PSOE aunque crítico en determinados momentos con él, era el periódico de referencia de España.

Desde hace algunos años venimos viendo como esta imagen progresivamente ha ido quebrando. Desde hace años las noticias de la sección internacional de EL PAÍS cada vez eran menos fiables y, en el caso concreto de los países de habla hispana, estaban claramente sometidas al punto de vista que era conveniente al grupo por sus intereses empresariales en la región.
A nivel nacional hemos visto también una degradación de la fiabilidad periodística del medio, sobre todo tras la destitución de Javier Moreno en 2014, o quizá antes, cuando determinadas multinacionales españolas entraron en el capital de PRISA. Estos años hemos visto un ataque sin cuartel a Podemos y a Pablo Iglesias, luego a Pedro Sánchez, y finalmente un despilfarro de indisimulado apoyo a Susana Díaz, más propio de la propaganda que de la línea editorial de un medio de comunicación generalista.
Paralelamente a todo esto hemos visto una transformación de los artículos de opinión y columnistas de El PAIS. Los antaño respetados columnistas ahora parecen ancianos temerosos de los nuevos tiempos, dedicados a agitar los peligros del populismo, de la democracia interna, de los nuevos partidos y de todo aquello que no fuese exactamente igual a la España de la transición y del felipismo ochentero que tanto parecen añorar. Fuera de algunas excepciones (algunos politólogos y sociólogos jóvenes, y algún columnista tradicional que no se ha descolgado de la realidad), el resto de la sección de opinión se ha convertido en el sonido constante de las trompetas del apocalipsis.

Todo esto ha desembocado en lo que evidentemente tenía que desembocar. EL PAIS, como antiguo faro que guiaba la política progresista de este país, hace tiempo que no guía nada, y aún en su más desvergonzado partidismo ha sido incapaz de condicionar el resultado de las elecciones primarias del partido que en teoría era “el suyo”. Llevan semanas, meses, hablando de la destrucción que le espera al PSOE como vuelva el terrible Pedro Sánchez, encumbrando a la faraona andaluza con una desvergonzada propaganda, hablando del peligro de la ruptura de España como el peor de los ABC…y aun así, los militantes socialistas han apoyado contundentemente a Sánchez.
Recuerdo escucharle a Pedro J. Ramírez una confesión que creo muestra bien las ideas de cierto periodismo. Pedro J. se quejaba de que Rajoy no hiciese caso a los periódicos, comparándolo con Suárez y Zapatero (que según él hacían caso a la prensa) y con González y Aznar (que, también según él, no eran tan permeables a la prensa pero que siempre se preocupaban de saber que decía la prensa de ellos). Rajoy no leía periódicos, sólo el Marca, y por tanto era una persona terrible.
Pedro J. es un conocido amoral y quizá por eso expuso tan transparentemente esa voluntad de dominio sobre la política que tienen determinados medios de comunicación. EL PAÍS tuvo esa voluntad con Sánchez, la ejerció en conspiración con fuerzas del PSOE, fue denunciado por Sánchez por esta causa, y ha volcado todas sus fuerzas en seguir teniendo esa situación preeminente. Pero ya no la tiene, ni de la mano de un aparato poderosísimo ha podido influir nada en el partido para el que antaño era fetiche.

Es posible que la era digital haya tenido mucho que ver con la minimización de la importancia e influencia de la prensa, es posible también que los problemas económicos de PRISA en general y de los periódicos en papel en particular los hayan hecho mucho más dependientes, pero si EL PAÍS ha perdido casi toda la credibilidad de antaño se debe, básicamente, al tinglado periodístico en que se ha convertido.

lunes, 15 de mayo de 2017

Por qué debe ganar Pedro Sánchez
















El PSOE ha llegado al punto más delicado de su historia en medio de una batalla cainita que parece destinada a generar un gran cisma sea cual sea su resultado. Con dos candidatos con opciones reales, Susana Díaz y Pedro Sánchez, cualquiera de los dos supondrá un conflicto en el PSOE venidero, a nivel de cuadros, militancia o ambos.
Lo que es interpretado por los medios como una especie de desgracia provocada por las malas decisiones internas de los últimos meses, en realidad es parte de un cisma producto inevitable de la realidad de este momento de la historia política de Europa. Lo que le pasa el PSOE no es más que parte de la gran disolución socialdemócrata que asola a todo el continente, en mayor o menor grado dependiendo el país y con características muy específicas en cada uno de ellos.
Sin embargo, el PSOE parece que tiene una ventana de oportunidad que no han tenido partidos socialistas de otros países. No podrá aspirar a hegemonías como las del felipismo, pero al menos tiene la oportunidad de sobrevivir gracias a un cuadro político que, si bien le perjudicaba muchísimo en los años anteriores, hoy podría servir de freno o incluso de muelle para las aspiraciones del partido, pero sólo si éste sabe analizarlo bien y tomar las decisiones correctas, lo cual no va a ser nada sencillo. Dejadme desarrollar un poco estas ideas.

Lo más sucio y feo de todo este proceso es como desde cierta prensa se está intentando tomar por imbéciles a los ciudadanos y a los militantes del PSOE, haciéndose eco de una propaganda que puede ser comprensible para una candidatura con débiles bases políticas, pero no para una prensa que se presenta como objetiva. Todos hemos escuchado cómo la propaganda en favor de la candidatura de Susana Díaz machaca con dos ideas básicas: La primera, es que ella gana las elecciones a las que se presenta mientras sus rivales las pierden, y la segunda es que la “radicalización” de la socialdemocracia lleva irremediablemente a su condena electoral, sacando como ejemplo los casos de Hamon en Francia o Corbyn en el Reino Unido.
La primera de estas ideas, la de que la señora Díaz gana las elecciones en una época en que otros las pierden, es una manipulación tan transparente que debería producir vergüenza a quien la pronuncie fuera del calor de un discurso mitinero. Susana Díaz ha hecho lo mismo que el resto de socialistas: Sacar el peor resultado de su historia. Que ese peor resultado siga siendo una victoria se debe simplemente al territorio donde se presenta, en el que el PSOE ha ganado siempre desde el retorno de la democracia a España. ¿Os imagináis al presidente del PP de Ceuta decir que debería ser el presidente del partido porque saca el mejor resultado del país? La frivolidad del argumento provocaría una carcajada a quien lo escuchase.

Más elaborado, aunque igualmente absurdo, es el segundo argumento, aquel que nos quiere hacer creer que los partidos socialdemócratas, cuando eligen un candidato “radical”, se hunden en los procesos electorales, y para ello sacan el ejemplo de Hamon y también el de Corbyn, que ni siquiera se ha presentado a unas generales pero que usan porque no tienen más.
Para empezar, llamar “radical” a Pedro Sánchez deja ojiplático a cualquiera. ¿Qué tiene Pedro Sánchez de radical? Me gustaría recordar que el único pacto político que ha hecho Sánchez ha sido con C’s, con quien pactó un radicalísimo programa que hablaba de cosas como subir el SMI al menos un 1%, propuesta que no debe ser precisamente leninista cuando meses después el conservador gobierno de España aceptó subirlo 7 veces más que eso. Perdonad el ejemplo un tanto capcioso, pero creo que muestra bastante bien lo ridículo de llamar radical a Sánchez. Sánchez, que no olvidemos que en 2014 era el candidato de Susana Díaz, no ha sido hasta ahora más que el típico socialista soft (por no llamarle socioliberal) sin ideas de transformación “radical” alguna más allá de resistirse a suicidar al PSOE en la investidura de Rajoy.
El “radicalismo” de Sánchez se circunscribe esencialmente al descubrimiento de cómo funcionan las cosas en las entrañas de su partido y de las influencias externas que sufre la política española. El radicalismo no es una realidad, es tan sólo la expectativa de lo que sus verdugos piensan que podría hacer después de haber comprobado cómo se las gastan. ¿Y si Sánchez vira a la izquierda después de ver cómo se las gastan los grupos proclives a una política relativamente cercana a la del PP? No hay radicalidad en el programa, en las ideas o en el mensaje, la radicalidad es básicamente el haber tenido la osadía de no aceptar las órdenes y su caída en desgracia.

Por otro lado, decir que la “radicalización” es mala electoralmente no se sostiene con los datos, tan sólo se puede generar esa ilusión segregando los datos que te convienen y haciendo Cherry-picking. De hecho, probablemente la realidad sea justo la contraria. Hamon sacó un resultado horrible en Francia pero ¿Cuál habría sacado Valls? Porque Valls tenia cero posibilidades de pasar a la segunda vuelta en cualquiera de los casos, y su presencia podría haber minimizado las fugas de votos a Macron pero acelerado las de Melenchon. El PSF estaba abocado a un resultado catastrófico en cualquiera de los casos y vender ahora lo de la radicalización es una frivolidad interesada.
Por otro lado, los hundimientos socialdemócratas tras haber girado al centro también existen y de hecho son muchos más. Los socialdemócratas en Holanda perdieron el 75% de los votos después de gobernar con los liberales, en Grecia el PASOK perdió el 70% tras aplicar las políticas de austeridad y pactar un ejecutivo de coalición con la derecha. En Austria, después de que los socialdemócratas pactaran con los populares, perdieron más del 50% de los votos en la siguiente elección. En Portugal, en cambio, la coalición con los “radicales” parece que le funciona bastante bien al partido socialista.
Coger un par de casos convenientemente seleccionados y crear una norma es puro trilerismo y manipulación. La socialdemocracia está en crisis y en cada lugar esta se expresa de una manera, lo que invalida cualquier regla que se pretenda hacer. Virar hacia políticas de derecha o gobernar con la derecha parece evidente que es una mala idea y no trae nada positivo, el problema es que lo contrario tampoco parece funcionar en muchos casos, quizá porque se ha llegado demasiado tarde o porque la realidad no permite determinadas cosas.

Pero en España tenemos una circunstancia particular. El PSOE estaba hasta hace nada acorralado electoralmente por los nuevos partidos que le salían a derecha e izquierda, C’s y Podemos. Sin embargo, en la situación actual nos encontramos con un C’s que ha rechazado la herencia socialdemócrata y que está actuando como mero títere de Rajoy, haciendo trágalas inconcebibles hace meses. Por otro lado, el Podemos post-Vistalegre II parece haber perdido el norte, con un Pablo Iglesias rodeado de gente poco capaz y entregado a la extravagancia y el efectismo para fieles. Estos dos partidos están generando decepción en parte de sus electorados y eso se puede comprobar a poco que hables con sus votantes de 2015 y 2016.
Objetivamente, la posibilidad de ganancia está mucho más en la izquierda que en la derecha, así que la estrategia óptima para el PSOE es desplazarse para ahí, seducir a todo ese espectro que va desde el centro-izquierda hasta la izquierda “moderada” (que era la estrategia de Errejón en P’s) y oponerse tenazmente a un PP que, a pesar de que parezca que nos hayamos rendido y olvidado, sigue siendo el inmenso agujero negro de corrupción que siempre ha sido.
El PSOE ya ha probado lo que es hacer la política de “centro”. Lo hizo Zapatero, y Rubalcaba heredó una caída del 35% de los votos. Irse ahora para allá de nuevo, en un terreno sobrecargado de partidos y de la mano de la federación del PSOE más institucional y viciada de España es un desatino que no entra en la cabeza de nadie. Solo un infiltrado, un idiota o alguien que tenga convicciones políticas verdaderamente “centristas” y que abomine de lo que la izquierda representa haría algo así.

Si el PSOE quiere no sumergirse en la ciénaga de ser el tercer o cuarto partido del país, Pedro Sánchez debe ganar. Ojo, Pedro no garantiza nada, es posible que el PSOE no pueda resistir igualmente, que acabe superado por Podemos y corra la suerte de muchos de sus partidos hermanos, pero lo que Pedro representa es la única opción que le queda al PSOE ahora mismo, es situarse en el único terreno electoral donde hay posibilidades de ganar algo.
Quizá Pedro Sánchez no sea el hombre adecuado, quizá su fuerza o convicciones sean menores a las requeridas, quizá no se atreva a hacer lo que lógicamente debería hacer una vez que gane, quizá el PSOE ya no tenga arreglo. Pero al menos nos queda la duda, nos queda la posibilidad que el hombre vilipendiado por su prensa afín, machacado por todos, apartado por su propio partido, vuelva cual Ave Fénix para catalizar una reinvención y una ruptura del PSOE con todo lo que éste ha representado desde mayo de 2010.
A veces los grandes personajes históricos no nacen o se hacen, a veces se encuentran de casualidad y a veces el azar del destino los sitúa ante elecciones que saben tomar correctamente. Pedro Sánchez se puede convertir en lo que no era porque las circunstancias requieren que sea quien no era. Las personas cambian, evolucionan y creo que Pedro Sánchez puede haber evolucionado y que su convicción de hacer un PSOE verdaderamente comprometido con su lugar teórico puede ser honesta y firme. Nunca lo sabremos si no llega a la secretaría general y, en cambio, lo que sí sabemos es que la otra opción no representa más que lo mismo que Schulz, lo mismo que el PASOK, lo mismo que Valls, lo mismo que Renzi y lo mismo que tantos y tantos que han fracasado después de ser declarados mesías.

Pedro debe ganar, y cuando gane deberá forzar una regeneración absoluta a nivel interno del partido, por mucho que le acusen de hacer una purga. Que nadie se equivoque y razone infantilmente: La purga siempre existe en política, más o menos suave o más o menos generalizada, pero la política es purga civilizada contra los derrotados. Si Sánchez quiere recuperar la credibilidad de que ese “No es No” es algo más que un eslogan, deberá apartar a los que acabaron con su secretaria general a golpe de estatutos y titular periodístico. Sólo un hombre con la convicción de generar una revolución democrática y limpieza en su propio partido tendrá credibilidad para hacer en el poder algo distinto de lo que han hecho los socialistas de la última década.
Yo no sé si ese hombre que necesita el PSOE para sobrevivir es Pedro Sánchez. Lo único que sé es que ese hombre sólo puede ser Pedro Sánchez, porque el PSOE probablemente no tendrá otra oportunidad.

lunes, 8 de mayo de 2017

Macron, presidente accidental y síntesis del establishment

















Monsieur Macron ha ganado las elecciones presidenciales francesas como se esperaba. Su resultado, 66% vs 34%, es algo mayor de lo que se esperaba a priori e incluso parece que ha llegado a provocar cierta decepción en el Frente Nacional de Le Pen, pero al final el hecho final es el mismo: Frente a Le Pen cualquier candidato iba a ganar, con la única duda de Melenchon.

Si hace año y medio alguien nos hubiese dicho que un miembro del gobierno Hollande iba a ganar la presidencia hubiésemos pensado que estaba loco. Los republicanos tenían todas las de ganar en una segunda vuelta contra Marine Le Pen, y los “socialistas” estaban fuera de todas las quinielas.
Que Macron haya llegado a ser presidente de Francia se debe básicamente a la suerte y a una cuádruple carambola a su favor. Lo primero que le benefició fue la elección de Fillon como cabeza de lista de Los republicanos, candidato muy conservador que, además, tuvo la “mala suerte” de estallarle un escándalo de corrupción en el periodo preelectoral. Lo segundo que le benefició fue la elección de Hamon como candidato socialista, candidato muy de izquierdas que alejó al “ala liberal” del socialismo francés de su propio partido y pasó a apoyar a Macron. Derivado de esto se produjo el tercer golpe de suerte: La debilidad de Hamon concentró el voto izquierdista en La Francia insumisa de Melenchon, y la caída progresiva en las encuestas no hizo más que profundizar la desafección de los socialistas hacia Hamon, potenciando también escapes hacia Macron. La cuarta razón fue su rival en la segunda vuelta, pues contra Le Pen casi cualquier candidato hubiese ganado.
Y así tenemos a un hombre sin partido y hasta hace nada sin programa al frente de Francia, catalizado por una serie de acontecimientos inesperados y por la quiebra del sistema de partidos de la V república francesa. Macron tiene el mérito de haberse colocado en el sitio adecuado en el momento adecuado, pero eso no le hubiese valido si la suerte no le hubiese acompañado.
Ahora falta por ver en qué condiciones puede gobernar Emmanuel Macron, pues se tiene que presentar a unas elecciones parlamentarias sin partido. Hay encuestas por ahí que le dan más de 250 diputados, quedándose no muy lejos de la mayoría absoluta. La verdad es que me cuesta creer estas encuestas, pero no soy un especialista en las interioridades electorales francesas y no me atrevo a rechazar esta opción. A priori me parece más probable que Macron tenga que convivir con Los republicanos de Fillon en una cohabitación, lo que obviamente le ataría mucho las manos.

Sin embargo, y a pesar del 66% de Macron, los enormes problemas que han llevado a un 34% de votos para Le Pen siguen ahí. En esta campaña se ha dado una imagen para mí muy simbólica, la de aquella fábrica que visitó Macron siendo abucheado y que, un rato después, visitó Le Pen entre aplausos. Tanto los “obreros” como los empleados de servicios parece que han apoyado mayoritariamente a Le Pen, mientras que los jubilados y los directivos han apoyado masivamente a Macron.
La ruptura entre lo que se llama ganadores y perdedores de la globalización es evidente, y a pesar de no existir una fractura generacional tan definida como la que existe en países como España (porque el Frente Nacional no es un partido de jóvenes sino más bien de gente de mediana edad), ésta también existe. Sería muy interesante ver también esta ruptura por origen o raza, pero en la cultura francesa esas cosas no se hacen y no creo que podamos tener nunca los datos.
A pesar de las primeras palabras de Macron, me temo que toda esta realidad va a ser escondida debajo de la alfombra o tratada con la medicina equivocada. En esta UE parece que lo único que importa es ir solventando las pelotas de partido conforme vengan, para respirar aliviados después y volver a estar encantados de conocernos hasta el siguiente envite “populista”.

Emmanuel Macron ha sido tratado con mimo por todos los medios de comunicación frente a la demonizada Le Pen, resaltándose sus virtudes y carrera meteórica. Pero Macron no parece nada más que un producto de marketing que esconde un socioliberal de toda la vida. Recuera a Albert Rivera en esa vacuidad que vive de la imagen y que crea medidas en función del eslogan y no al revés. Recuerda también a Jordi Sevilla. Hay mucho de palabrería moderna empresarial, como si fuese el típico gurú de un congreso de negocios hablando de tópicos sobre el emprendimiento, la modernización, la economía del conocimiento, etc. Pero en el fondo parece que hay poco nuevo, o quizá nada.
De Macron sabemos que estudió en el Instituto de Estudios políticos de París como casi todos los políticos de la V república, que se casó con una señora 24 años mayor que él que era ex-mujer de un banquero, que inició su carrera de banquero poco después de este matrimonio, que fue asesor económico y ministro de economía de Hollande y que no era querido dentro del PSF tanto por su tendencia al socioliberalismo como por su ambición. Más allá de esto, un libro de autopromoción y mucho marketing.
Viendo esto, parece que Macron no es un “hijo del establishment” como se ha dicho por ahí, realmente Macron parece la síntesis del establishment mismo. Sumidero de votos pro-establishment de centro-izquierda, centro y centro-derecha, exbanquero y alumno del IEP, embarcado en un proyecto personal como si fuese un joven emprendedor de Silicon Valley. Macron parece casi un personaje fabricado en base a un molde determinado.

¿Tendrá éxito Macron? Francamente, lo dudo. Ya es la enésima vez que se lanzan cohetes por el glorioso advenimiento socioliberal, pero nada apunta a que Macron vaya a correr un destino distinto a fugaces estrellas mediáticas como Valls o Renzi. Porque Le Pen representa una reactiva vuelta al pasado, a una situación donde los males de la globalización no nos afectaban. Pero Macron, en el fondo, también es esa vuelta al pasado, un pasado más reciente donde el “fin de la historia” había llegado y donde la adaptación a los fundamentos del mercado triunfante era inevitable.
Siendo muy distintos, Macron y Le Pen representan lo mismo: Una simbólica revuelta contra un estado de las cosas que sabemos que hay que cambiar, pero que no sabemos cómo cambiar y por tanto proyectamos hacia el pasado, más o menos lejano más o menos distinto en función de nuestro estatus y percepción de evolución social. 

lunes, 20 de marzo de 2017

Cómo combatir a un manipulador: Rallo y la feliz desigualdad













Sí, lo siento, tengo que hablar otra vez de Juan Ramón Rallo. Sé que algunos consideraréis esto un ad hominem motivado por no sé qué fantasías (ya os avanzo que no son ciertas, ni siquiera le conozco), pero creo que una vez más debo ser directo y no andarme con falsas consideraciones en situaciones que creo deben ser denunciadas directamente.

La semana pasada nuestro protagonista escribió dos artículos con los que, llanamente, se lució. El segundo de ellos tampoco era tan raro en el autor, al final era la repetición de uno de los mantras de este autor y de sus secuaces ideológicos: Que la desigualdad y la pobreza no tienen nada que ver, que son cosas inconexas y que la primera se puede directamente ignorar por irrelevante, aunque en el fondo el mensaje (que evita decir directamente) es que la desigualdad es buena, genera crecimiento económico y eventualmente sirve para reducir la pobreza.
Esta idea es una absurdez como expliqué en este artículo. Para empezar la pobreza, tal y como todos la entendemos (y la comunicación consiste en entenderse, no en redefinir sectariamente las palabras), es algo relativo, siempre, y está íntimamente relacionado con la desigualdad. Su desacople teórico solo se consigue estirando las costuras de la realidad y subvirtiendo los significados semánticos de las palabras. Pero vamos, nada nuevo bajo el sol, la típica ideología disfrazada de economía al que el autor nos tiene acostumbrados, y como ya está rebatido no insisto más.

Lo que pasa es que nuestro amigo venía de dar una nueva vuelta de tuerca a sus ideas y se atrevió a ir un paso más allá. En un artículo publicado tres días antes dejó caer la idea de que cuanto más desigual es una sociedad, más feliz es la gente. He dicho “dejó caer” porque el autor juega al ilusionismo dialéctico y a no expresar esta idea directamente, lo que hace es “juguetear” con ella, negar la contraria, plantearla como una hipótesis, decir lo mala y peligrosa que es la percepción contraria, etc, etc. Al final el mensaje es claro: La desigualdad es buena, las sociedades más desiguales son más felices y por tanto hay que acabar con el igualitarismo.
La crítica económica no se hizo esperar. El economista Manu Higaldo rebatió con este artículo no solo el artículo de Rallo, sino que demostró las lagunas del estudio y lo cogidas con pinzas que están las conclusiones, destacando además que hay enorme evidencia en contra de esa hipótesis. Y no sólo fue este artículo, el propio Hidalgo con cuatro investigadores más (tres de ellos economistas), han ido más allá de la educada crítica y han acusado a Rallo de “desvergüenza intelectual”, algo que a estas alturas resulta evidente conociendo el historial del autor. Vale la pena que leáis las dos réplicas, porque están muy bien y son muy reveladoras de hasta qué punto los economistas profesionales están cansados de gente como Rallo.
Ojo, que estos cinco investigadores no son peligrosos comunistas o revolucionarios igualitaristas, son economistas “mainstream” y la mayoría de ellos están cercanos a posiciones socioliberales. De hecho, yo tengo frecuentes debates con ellos porque me parece que sus puntos de vista son excesivamente benevolentes o favorables a cosas como la globalización, el libre comercio tal y como lo entendemos en esta época, ciertas desregulaciones, un aumento de los impuestos indirectos o ideas similares. Creo que es importante destacar esto para entender que la crítica no viene de los peligrosos rojos chekistas admiradores de Durruti que escribimos en econoNuestra, sino de la propia ortodoxia económica y de la economía liberal.

Sin embargo, me parece que hay una crítica que no se le ha hecho a Rallo y que creo que es fundamental. Rallo presenta la “felicidad”, entendida como la percepción subjetiva de felicidad, como un factor que debe condicionar las decisiones económicas. Si la desigualdad genera mayor felicidad ¿Quiénes somos nosotros para intentar combatirla? La felicidad subjetiva de la gente es un valor esencial y fundamental, y por tanto asumiendo que lo que dice Rallo es verdad (que no lo es), deberíamos tolerarla y no sé si incluso promocionarla.
Este argumento, que es lo que hay en el fondo del artículo, es terrorífico y su aceptación puede llevar a la justificación de las cosas más terribles. Mirad, en el siglo XIX los esclavistas justificaban la esclavitud de las más diversas formas: Decían que el hombre blanco era superior al hombre negro, justificaban la misma por lo que decía el antiguo testamento o incluso hacían argumentaciones en las que aseguraban que los negros eran más felices siendo esclavos. En esa época no había econometría ni estudios estadísticos para estas cosas, pero los esclavistas aseguraban que los negros eran más felices siendo tutelados por los amos blancos. En ese momento no lo necesitaban, pero de haber vivido en esta época seguro que hubiesen podido encargar o encontrar un estudio donde hubiesen podido correlacionar la esclavitud con cierta felicidad subjetiva.
La felicidad subjetiva puede justificar las mayores barbaridades que se nos ocurran. Seguro que conocéis la frase de la sabiduría popular que dice que “la ignorancia es la felicidad”, frase que es terrible pero que probablemente contenga algo de verdad: El desconocer la realidad fuera de tu pequeño mundo, el no enfrentar las complejidades que solo ves cuando tiene un conocimiento amplio de un tema o simplemente la ausencia de preocupación que te da el no ser consciente de un futuro incierto o terrible, son cosas que pueden correlacionar con la felicidad perfectamente. Ejemplo facilón ¿quién es más feliz, un enfermo con una enfermedad terminal a quien se la han comunicado la semana de antes o un enfermo que la tiene pero que no lo sabe?
Extendiendo más el argumento nos podemos encontrar multitud de situaciones donde las personas pueden ser más felices en situaciones terribles que en el momento posterior a la solución de esa situación terrible ¿Cuándo son más felices los niños maltratados, cuando viven con sus padres o cuando les han retirado la custodia y les han mandado a un centro o familia de acogida? ¿Es más feliz un secuestrado con síndrome de Estocolmo cuando le han liberado? ¿Es más feliz un heroinómano en desintoxicación o inyectándose heroína? Podemos hacer miles de preguntas como estas, y la respuesta puede ser que las personas muchas veces son más felices aun sufriendo daño que cuando intentamos solucionar ese daño. Sin embargo, tenemos la convicción de que lo que sufren esas personas es inmoral, inaceptable y que evitándolo se les dará un mejor futuro. Actuamos contra su felicidad puntual, sí, pero lo hacemos intentando asegurar su felicidad futura, intentando salvarles la vida o sencillamente movidos por razones morales y humanas.

El argumento de Rallo es peligrosísimo porque se basa en una amoralidad brutal donde nada importa excepto el fondo de la doctrina, que es la consolidación de un capitalismo sin interferencia del estado. Todo vale, no hay límites para nada siempre que no haya “coacción” del agente estatal. No creo que haga falta explicar que esta amoralidad es totalitaria en sí misma.
Mi amigo Alfredo Coll, buen conocedor de esta gente y excompañero suyo (perteneció al Instituto Juan de Mariana), siempre dice que si a un ultra-liberal le das dos copas y se desinhibe un poco, comenzará a defenderte cosas como la esclavitud, la violencia de género o incluso cosas peores, ya que todo lo reducen a “contratos” entendiendo éstos como que nada puede interferir en lo que dos personas acepten, independientemente de las necesidades, coacciones, engaños, miedos o daños que sufra una de ellas.
Rallo es la cara amable e ilustrada de esta idea, pero en el fondo es parte de ese mismo mundo, de hecho es uno de sus apóstoles. No digo que defienda las cosas anteriormente citadas, pero sus ideas colindan peligrosamente con la aceptación o tolerancia de cualquier barbaridad que se pueda hacer en nombre del “contrato” que dos partes puedan aceptar.

Combatir las ideas de Rallo y de sus adláteres me parece una obligación moral para quienes defendemos un mundo más justo y donde las personas no sean meros objetos de mercado, porque representa una de las posibles reacciones o contrarreformas a las que nos enfrentamos. El problema que surge aquí es cómo se hace esto ¿cómo se rebate a una persona que escribe muchísimos artículos a la semana, que hace contrarréplicas a todo por absurdas que sean, que está presente a todas horas en redes sociales y en televisión, protegido con un dogma ideológico basado en premisas irrebatibles por indemostrables, y que parece no tener vida personal más allá de su cometido? Nos encontramos con el típico perfil del predicador de una secta, incansable, imposible de hacerle recular, con un grupo de fieles que se comportan como seguidores de una religión, que no tiene límites a la hora de defender su Fe. No es fácil combatir eso.
El otro día defendía en twitter que no tiene sentido andarse con réplicas exquisitas con alguien así, que haciendo réplicas técnicas e intentando ser más serio que él no haces más que caer en su juego ¿Os imagináis que al doctor Goebbels se le hubiese intentado rebatir siendo escrupulosamente cuidadoso de no caer en ninguna de las malas prácticas de su propaganda? Como comprenderéis esa hubiese sido una malísima idea, más que nada porque los propagandistas, y Goebbels era el mejor entre ellos, tienen una técnica que se llama el “principio de renovación”, que consiste en intentar renovar continuamente la propaganda para que, cuando te estén rebatiendo, tú ya vayas un paso por delante de ellos y ya tengas a la opinión pública pendiente de otra cosa. Rallo se pasa el día escribiendo y renovando argumentarlo (aunque siempre son las mismas cuatro cosas), como vayamos por ese camino mal vamos.
Fijaos que tengo la sensación que con Rallo pasa lo mismo que con el autobús de Hazte Oír. Estos de Hazte Oír son cuatro matados que no representan más que a un sector residual de la población española, pero al final hemos sobreactuado tanto que les hemos hecho una propaganda que jamás hubieran imaginado. Con Rallo pasa lo mismo, es el hazmerreír del resto de economistas, defiende doctrinas residuales pero, al final, todo el mundo sabe quién es gracias a estas cosas.
Ojo, que hay que rebatirlo, las teorías que transmite esta gente hay que pararlas, pero no sé si lo estamos haciendo bien. Quizá habría que ser más listo y menos exquisito en lo que hacemos, por mucho que nos acusen de ad hominem y cosas así.

Finalmente, creo que debemos fijarnos en una última cosa. Rallo ha replicado a los dos escritos que he comentado al principio (el de Manu Higaldo y el de los cinco investigadores) como hace siempre, pero llama poderosamente la atención las horas. El artículo de Manu Hidalgo salió publicado a las 4:00 del día 17 de marzo, y la réplica de Rallo salió en su blog a las 7:30, tres horas y media después, bastante poco tiempo la verdad, tiempo además que la gente dedica a dormir. El segundo artículo, el de los cinco investigadores, fue publicado el 19 de marzo a las 20:00, y la réplica de Rallo, a las 5:00 del día siguiente, siendo una réplica extensa y en un medio que no es el suyo (normalmente en los medios online hay que enviar los artículos antes).
No hay que ser zahorí para darse cuenta que nuestro protagonista probablemente tenía los artículos antes de que se publicasen, porque la alternativa es que no duerma, escriba textos con múltiples referencias y datos casi de memoria, y además esté pendiente de todo a todas horas. Rallo escribe en los dos medios en los que estos artículos han sido publicados, El Confidencial y VozPópuli, así que el hecho de que le hayan sido filtrados es muy verosímil.
Las réplicas a primera hora de la mañana las ha hecho como método de taponar el debate e intentar proveer de argumentario a sus fieles antes de que cundiese el pánico. Debe ser un método de cohesión interna porque no creo que piense realmente que las críticas se pueden taponar así, pero el caso muestra hasta qué punto este hombre está obsesionado con su “misión”.

Habrá quien piense que este artículo está de más porque todos sabemos quién es Juan Rallo. Otros, cercanos al austriaco, dirán que es un ad hominem y así lo defenderán a modo de negación, y probablemente me incluirán dentro de una conspiración de esas que generan para blindarse ante la hostilidad general.
La realidad es que es un artículo que creo que hacía falta, a pesar de que puedo estar cayendo en las mismas trampas que he comentado antes. Quizá le esté dando más importancia a este hombre de la que tiene, pero ver cómo el debate público se degrada con manipulaciones tan evidentes es algo ante lo que no puedo permanecer pasivo

martes, 14 de febrero de 2017

Sobre Vistalegre II y el futuro de Podemos














Tengo que reconocer que cada vez veo la política partidista con más distancia. La veo como símbolo de lo coyuntural cuando realmente creo que nos enfrentamos a unos cambios estructurales inminentes que reorganizarán nuestra vida colectiva en las próximas décadas: Reacción a la globalización y vuelta a algún tipo de proteccionismo, desempleos estructurales, probable necesidad de crear algún tipo de rentas contra la pobreza, robotización que cuestiona trabajos rutinarios pero también los complejos, desafección contra el establishment y necesidad de reestructurar la democracia, cambio climático, economía colaborativa, etc. etc.
Tal y como veo yo las cosas, lo importante no es la urgencia política de ocupar el poder, lo importante es que cuando lleguen los cismas comentados dispongamos de las mejores personas en los puestos de poder y de las mejores estructuras de contrapesos democráticos para tomar las decisiones correctas. Porque hoy día nuestro país no dispone ni de las herramientas ni de las capacidades para enfrentar estos retos, pero el momento de hacerlo llegará, y cuando llegue me gustaría tener un gobierno competente, un tejido social que marque el camino y evite los excesos y las regresiones, quiero partidos y diputados que tengan iniciativa y apertura mental para estructurar las nuevas bases que marcarán el futuro de nuestro país. Yo jamás he dejado de ver el cuadro completo y creo que ese cuadro requiere apoyar diversas fuerzas e iniciativas, y quizá situarte contra quienes apoyabas ayer y al revés.

Digo todo esto porque quiero analizar lo que ha pasado en Podemos de forma estructural, no coyuntural ni de partido. Todos sabéis que yo estoy más próximo a las ideas de Íñigo Errejón que a las de Pablo Iglesias, no en todo y por supuesto hay cosas de Errejón que no comparto (la forma de enfrentar el debate territorial, por ejemplo), pero en general mi proximidad a él es mucho mayor. Creo que Errejón es de los políticos más brillantes que existen en este país ahora mismo y creo que tiene una visión muy aguda sobre hacia dónde va el mundo.
En Podemos, más allá de cuestiones de egos e internas que no me interesan, se decidía tomar una de las dos líneas que han convivido hasta hace unos meses: Por un lado, ese “populismo de izquierdas” transversal y que intentaba asumir y amalgamar las demandas sociales preexistentes, que dejaba atrás esos simbolismos y vicios de la izquierda post-comunista, que se abría a una nueva generación con identidades más abiertas y que, sin verbalizarlo así, se situaba en ese espacio entre una izquierda auto-convencida de tener la verdad revelada en sus manos y una socialdemocracia rendida y aplastada por el mundo que contribuyó a crear. Por el otro, estaba la enésima refundación de la izquierda “de verdad”, una nueva IU más hípster, millennial y conectada en red, pero que al final asumía unas herencias y unas mitologías determinadas.
Ninguna de las dos opciones es mala per se, el problema es que la última parece tener una garantía inherente de fracaso perpetuo. Al fin y al cabo, esta crisis en la que estamos insertos desde hace casi una década no ha supuesto casi crecimiento a los partidos de la izquierda post-comunista tradicional (Syriza es un partido fundado hace poco más de 10 años). Que en un momento en que se pone en cuestión el establishment, estos partidos (que rechazaron y combatieron muchas de las cosas que la crisis del 2008 agrietó) no hayan sido capaces de crecer y la desafección haya ido a los partidos populistas de derechas o a las nuevas formaciones como Podemos o el M5S, me parece un fracaso sin paliativos.
Algo no funciona, algo ha desconectado a estos partidos post-comunistas con el alma social, y pretender que la gente rectifique y consiga ver la verdad revelada es exactamente lo mismo que se lleva haciendo toda la vida con un techo de cristal en el 15% de los votos. Pretender que ahora sea distinto porque hay una nueva marca o una nueva estética me resulta altamente ingenuo y producto de haberse dejado seducir por los propios entornos y tics educacionales.

Una vez en Podemos ha ganado la opción hipotéticamente más “izquierdista tradicional” y una línea política en teoría tendente a no pactar con alguno de los partidos grandes, el tablero se configura de una manera determinada que afecta al resto de actores, fundamentalmente al PSOE. Vista la situación, la jugada ganadora para el PSOE sería elegir al candidato y la línea política más izquierdista dentro de las opciones que tienen, que probablemente es la de Pedro Sánchez (más por estrategia y reacción que por convicción ideológica).
La mayoría del votante de Podemos ha sido en el pasado en alguna ocasión votante del PSOE y muchos son potencialmente rescatables. Tampoco es que vayan a rescatar a muchos a corto plazo, porque la convicción de que el PSOE es un partido no fiable es muy amplia entre los votantes que le han abandonado, pero al menos podría abrir un foco de esperanza sobre todo si un Sánchez victorioso tomase las medidas necesarias para que no se pueda volver a producir un golpe interno de la vieja guardia. A pesar de lo que aconsejan las teorías políticas de los partidos, creo que en el caso del PSOE una suave purga le vendría de perlas.
Pero también está la posibilidad de que Susana Díaz sea la que dirija el futuro PSOE, y eso abriría una situación increíble en un país como España. Entre el peronismo conservador de Díaz y el leninismo hípster de Iglesias, hay un enorme desierto vacío en el que, precisamente, se auto-ubican la mayoría relativa de españoles (que están entre el centro-izquierda y la izquierda moderada). Distancia sideral demasiado amplia y golosa para que no entrase ningún otro actor a intentar capitalizar a tanto huérfano.

De todos modos, y a pesar de los intentos de hacer profecías auto-cumplidas, el deseado y soñado retroceso de Podemos que tantos analistas quieren, no creo vaya a producirse. Podemos puede no crecer con la postura que ha tomado, pero tiene una base social sólida y hay demasiada gente con las perspectivas de vida demasiado torcidas como para desertar de forma masiva. Podemos es sólido, al menos mientras no aparezca una alternativa convincente.
Y tampoco sabemos qué va a hacer Iglesias con la victoria ni cómo va a gestionarla. La victoria es el momento de ser magnánimo y no sería el primero que actúa tras una victoria de una manera no esperada. Va contra la lógica de poder que siempre ha expresado Iglesias (que piensa que el ganador de un proceso interno debe tener el poder y no “pastelear” con los derrotados), pero podría ser. Iglesias no es idiota y no prejuzgaría que vaya a hacer lo que el cuerpo le pide en lugar de lo más inteligente para su formación.

Un último apunte, en relación a las preocupaciones trascendentales expresadas en el primer párrafo ¿Qué trasfondo hay en Podemos, qué equipo técnico tiene Iglesias? Porque que me perdone Irene Montero, pero no entiendo qué aportación puede hacer a un grupo dirigente, ni tampoco Rafa Mayoral aunque éste tenga una indudable experiencia en la defensa jurídica de desfavorecidos. Y Vicenç Navarro, del que obviamente no voy a juzgar su experiencia y conocimiento, tampoco creo que sea el economista más idóneo para enfrentar los retos del futuro con sus casi 80 años.
Al final tengo la sensación de que lo más capaz de Podemos ha sido o bien derrotado o bien no se ha presentado con Iglesias. Hablo de gente como Nacho Álvarez, Jorge Lago, Pablo Bustinduy o el propio Errejón. No creo que Podemos pueda prescindir de esta gente sin que el fondo de sus políticas se vea gravemente dañado.

lunes, 30 de enero de 2017

El fuego amigo















¡Al suelo, que vienen los nuestros!” decía el ex ministro de la UCD Pio Cabanillas, mostrando cómo en política los más peligrosos no son los rivales, sino la gente de tus propias filas. Esta frase me vino a la cabeza el otro día por un debate en el que me vi envuelto, y hoy me ha vuelto a venir por otro debate que he presenciado sobre la Renta Básica Universal y el Trabajo Garantizado. Dejad que me explique y veréis donde quiero llegar.

El otro día se me ocurrió rebatir un tuit de un chico que defendía que los residuos nucleares no eran un problema medioambiental porque, según su peculiar visión, al haberse generado residuos en el pasado el problema del almacenamiento ya existe, así pues era absurdo preocuparse por generar más ya que había que hacer un almacén nuclear igualmente. El argumento me pareció bastante disparatado y le intenté hacer ver a mi interlocutor que ese argumento era extensible a todo y fácilmente reducible al absurdo.
Mi interlocutor defendía una posición concreta en el debate energético y climático. Hay gente que considera que lo fundamental es acabar con las emisiones de CO2 y que, al ser eso preferente, la energía nuclear es un mal menor e incluso una ayuda para conseguirlo. Esta idea lleva a estas personas a situarse en posturas a veces claramente pro-nucleares, o al menos en una posición negacionista sobre el riesgo que tiene la energía nuclear.
Yo intentaba defender una posición equilibrada: Hay que bajar las emisiones de CO2 pero la nuclear también es peligrosa. Obviamente no se puede acabar con todo a la vez así que habrá que ser equilibrado: Eliminemos las centrales térmicas más contaminantes, no hagamos ninguna nuclear más, vayámoslas cerrando conforme superen su vida útil y trabajemos en eficiencia energética y movilidad eléctrica y sostenible. Me parecía un plan pragmático que reconoce dos problemáticas e intenta solucionar ambas en la medida de lo posible.
Pues bien, para mi interlocutor y para otros que se metieron en el debate yo era un peligroso defensor de las emisiones de CO2 que iban a destruir a la humanidad. Las nucleares eran segurísimas, no había riesgo alguno de accidente, no pasaba nada con los residuos y yo era un alarmista estúpido. Eso sí, pensar en mantener alguna central de gas para cerrar una nuclear era un crimen contra la humanidad.
Intenté ser comprensivo, dije que la posición de cerrar antes térmicas que nucleares era defendible pero que no podía ser presentada como la verdad absoluta frente a los herejes, que al final era una valoración de riesgos. Mis interlocutores se enervaron: “¡¿Cómo que riesgos?! El cambio climático es una verdad incuestionable ¡Eres un negacionista!”. Intenté hacerles ver que todo en la vida es una cuestión de riesgos, hasta la verdad científica más incuestionable es cuestión de riesgos (¿Y si mañana entran en erupción todos los volcanes de la tierra y nuestras previsiones climáticas se van a hacer puñetas?), pero fue inútil. Ellos defendían la verdad y yo era el infiel.

Os comento el segundo debate de hoy, o mejor os comento el debate en el que está enmarcado. En la izquierda política hay varias alternativas económicas que coexisten y que están enfrentadas. Una de ellas es la Renta Básica Universal (RBU) que todos conocéis porque cada día se habla más de ella e incluso está comenzando a ser aceptada por economistas mainstream y ciertos grupos económicos. Frente a ella se sitúa el Trabajo Garantizado (TG), que pretende que el estado sea una especie de empleador de último recurso que cree empleo para los desempleados y así garantizar el pleno empleo y un ingreso digno a todo el mundo. El TG está íntimamente relacionado con la Teoría Monetaria Moderna (TMM), que me abstengo de explicar que se haría muy largo.
Pues bien, generalmente los defensores del TG hablan pestes de la RBU y la consideran una especie trampa del capitalismo para mantener a la gente pasiva y subsidiada y no alterar así las estructuras de propiedad y producción. En este contexto los defensores del TG dedican una parte importante de su tiempo en argumentar machaconamente los terribles peligros que hay detrás de la RBU y en todos los males que traerá: Inflación, falta de compromiso social, problemas burocráticos, dependencia hacia el estado, etc, etc. Lo más gracioso de todo esto es que muchas de las críticas que hacen a la RBU son exactamente las mismas que los economistas liberales hacen a la TMM (como lo de la inflación o la dependencia).
A nivel de opinión pública la RBU tiene bastantes más adeptos que el TG y cada vez que esto se visualiza los ataques de los defensores del TG hacia la RBU se multiplican, llegándose a personalizar los ataques y a infravalorar la inteligencia, capacidad o conocimiento de economía de los defensores de la RBU.

No creo que haga falta explicarlo, pero quienes prefieren acabar antes con las nucleares y quienes prefieren acabar antes con las centrales térmicas están a nivel de moral y pensamiento en posiciones próximas, simplemente tienen unas prioridades distintas. Los defensores de la RBU y los del TG también tienen morales similares, quieren un mundo menos desigual, erradicar la pobreza y acabar con la explotación que se ejerce sobre los hombres gracias a la necesidad. Todos van en el mismo barco, pero a veces parece que prefieren hundir el barco antes de que se llegue la terminal del puerto que no es su preferida.
Son las luchas intestinas típicas de la izquierda, la búsqueda del contrarrevolucionario y del desviado de la Fe verdadera. Es lo de siempre, la razón por la que la izquierda jamás llega a nada, la maldición de los inmortales, matarse entre ellos para, cuando solo quede uno, darte cuenta que estás en aplastante minoría respecto a los demás. Y no aprendemos, pasó con los revolucionarios, los marxistas, los comunistas, etc. Y la maldición se extiende de forma indefectible por cada nuevo movimiento. Luego se extrañan que haya tantos que se hagan de derechas una vez no soportan más las persecuciones y la guerra fratricida. Al menos la derecha sabe que hay que joder a los demás, no a los propios.

Yo no tengo claro si es mejor la RBU o el TG, no sé si es mejor cerrar antes una central de gas o una nuclear. Lo que sé es que es importante acabar con la desigualdad e ir avanzando hacia una generación energética basada en las renovables, y también sé que guerras como estas lo que garantizan es que no se consiga nada de eso. El fuego amigo que abrasa y destruye todo lo que toca, basado en una Fe casi religiosa y en la soberbia de pensar que estás en posesión de la verdad y rodeado por idiotas. Yo no voy a jugar a eso, lo siento.

lunes, 2 de enero de 2017

Pueblo, identidad y Errejón

















En las últimas semanas he leído varias entrevistas a Íñigo Errejón en distintos medios en las cuales reflexiona sobre la realidad internacional actual y conceptos como identidad, patria, pueblo, etc. Quizá la más interesante es esta que le hizo Antonio Maestre en La Marea, pero si buscáis encontraréis algunas más en otros medios.
Creo que Errejón es probablemente el mejor intelectual-político que tenemos en España en la actualidad y, sin estar de acuerdo en todo lo que dice y opina, creo que entiende perfectamente las pulsiones sociales y las limitaciones de las propuestas políticas y los cambios. Por eso quiero reflexionar en abierto sobre lo que ha comentado en estas entrevistas y que, tengo que reconocerlo, me resulta un tanto incómodo porque dice cosas que no me gusta que sean así pero que, lamentablemente, creo que son como él dice.

Si hay algo central en estas entrevistas es la idea sobre las “identidades”. Errejón, como buen seguidor del populismo de Laclau, considera que la identidad es fundamental en la política y que no se puede ganar la mayoría social sin aceptar/usar/crear identidad colectiva. Opina Errejón que sólo hay tres cosas en la historia de Europa que han sido generadoras de una identidad general (un “gran nosotros”): La patria, la religión y la clase social. Esta idea la enlaza con el fracaso de la izquierda que, según él, hace un discurso de clase cuando en la actualidad la mayoría de la población ha dejado de identificarse con la clase social.
En la entrevista, o en esta otra, la idea de la identidad enlaza con muchas otras. La idea del “orden”, de que hay que convencer de que se trae una propuesta de orden nuevo bajo el brazo y que a los que se quiere sustituir son quienes representan el desorden, de cómo lo que desea la gente es tener protección, “que le cuiden”, habla también de penetrar en la cultura popular y en las tradiciones populares y entenderlas en vez de despreciarlas, y se sitúa enfrente tanto de los esencialismos de izquierdas como del desprecio intelectual de las clases ilustradas.

Es difícil resumir aquí la cantidad de reflexiones que me ha producido estas entrevistas. El realismo de Errejón me resulta brutal y creo que a todos los que tenemos sensibilidades progresistas en cierta manera nos ha puesto el dedo en la llaga. La aceptación de la importancia de la identidad viene a decirnos que el mundo no se basa en esa racionalidad intelectual en la que parece empeñarse la izquierda. Niega a los “revolucionarios”, empeñados a pensar que los perjudicados por la estructura social acabarán inevitablemente en brazos de quienes quieren subvertirla, pero niega también a los “reformistas progresistas”, tan cosmopolitas, tan intelectuales y tan convencidos que desde la superioridad moral e intelectual se puede gobernar una sociedad.
Tengo que reconoceros que esta importancia de la identidad, sobre todo la nacional, no me gusta nada. Las naciones realmente no existen, son invenciones temporales creadas bajo parámetros subjetivos y no hay nada “real” en ellas más que lo creado por ellas mismas, es decir, por la influencia cultural o social que al final genera sobre los individuos moldeándolos a costumbres, pensamientos o valores similares. Y sin embargo las patrias sí existen, sí son importantes y sí condicionan la política y las relaciones humanas. ¿Cómo debo apelar a algo que creo que en el fondo no es “real”? Es una contradicción difícil de asumir, sobre todo cuando tienes el convencimiento que cada vez más los habitantes del mundo se parecen más.
Un ciudadano de Madrid y uno de Barcelona se parecen muchísimo entre sí, pero también se parecen a uno de Berlín o de New York. De hecho muy probablemente el barcelonés se parece más al madrileño de la capital que al vecino de un pequeño pueblo de Lleida, incluso aunque sea independentista (y por tanto no reconocería esto jamás). Es que incluso nos parecemos a un chino o a un japonés de forma que sería impensable hace 100 años. Pero eso no quita que la gente tenga patria, tenga una identidad que necesite y que, quizá, necesitemos todos para el mantenimiento de una estructura social de protección mutua.
Crear patria, comunidad, identidad…En un mundo que se parece cada vez más, donde las formas de vida y los referentes culturales son comunes… ¿Cómo cuadramos esto? Supongo que el camino es la búsqueda de identidades no excluyentes (siempre he admirado a los asturianos en esto), que no sean esencialistas sino que aspiren a ampliarse y a unirse con otras, a buscar y crear conexiones con otros seres humanos de otros sitios para empatizar con ellos y para eventualmente crear una nueva identidad común. Echo de menos esa visión quizá romántica pero absolutamente progresista en esa fabricación de identidad, que temo sino se acabe pareciendo demasiado a las identidades reactivas y defensivas de los derechistas.

Otro punto que me llamó mucho la atención fue este comentario: “Hay que pensar dónde se está socializando esa gente y qué parte de la cultura popular que ya existe hay que pelearla (…) No estoy diciendo que haya que disputar las procesiones, pero hay algo que sirve para identificar al pueblo, igual que lo hay en las gradas, en las sociedades gastronómicas, en las collas”. Al leer esto me acordaba de algo que ha pasado en la Comunidad Valenciana estos años y que supongo que Íñigo Errejón habrá hablado con Mónica Oltra y la gente de Compromís (y si no debería hablarlo).
Hace unos años aquí nos encontrábamos en una clarísima hegemonía del PP, tanto a nivel económico como cultural, y ante ese hecho hubo dos movimientos en los partidos de la oposición. El primero fue el PSOE de Alarte, que decidió asumir como correcta la política económica y de grandes eventos del PP, y el resultado fue…Un desastre electoral para el PSOE en 2011. El otro movimiento fue el de Compromís, que superó el rechazo que sentía la izquierda a cosas como las fallas, ciertos ambientes futbolísticos o populares en donde la hegemonía del PPCV era muy fuerte, e intentó aproximarse a ese mundo, entender que la sociedad civil estaba allí y que había que adaptarse y penetrar. El resultado en este caso ha sido la alcaldía de Valencia y la mitad del gobierno de la Generalitat.
He aquí dos estrategias de aproximación a la hegemonía generada que son muy distintas. Una te convierte en una copia del original y eso solo lleva al fracaso, y la otra te hace entender donde hay una batalla perdida y representa la superación de fobias históricas. Probablemente Compromís tuvo la suerte de que el modelo de sociedad del PPCV fue aniquilado por la corrupción y la ruina autogenerada, pero la cuestión es que eso lo capitalizaron ellos y no otros. De hecho es habitual ver gente en Valencia que, sin tener afinidades políticas muy definidas, en el pasado simpatizó con esa visión de sociedad que tenía el PP y hoy día simpatizan con la de Compromís. Y no es porque se haya acercado políticamente al PP, es porque ha entendido que había que ir y había que entender a aquellos que, teniendo problemas similares a los que pretendes resolver, rechazaban tu discurso por cuestiones viscerales o emocionales.
Lo que dice Errejón me recuerda mucho a esto que ha hecho Compromís: Acercarse donde está la gente, entender qué siente la gente, superar los tics y las fobias que te hacen absurdamente impopular y darles un proyecto colectivo relacionado con su propia identidad y vivencias. Esto es “llegar a los que no están”.

Hay una realidad que los revolucionarios no parecen entender. Las revoluciones “totales” no existen, son una fantasía. Cualquier revolucionario que llegue al poder al final acabará asumiendo realidades sociales establecidas y heredando muchas cosas del pasado, concentrando los cambios en alguna faceta y incorporando rasgos de los regímenes anteriores al nuevo régimen. Esto siempre ha sido así, desde los revolucionarios franceses y rusos (que acabaron incorporando muchas idiosincrasias de los regímenes absolutista y zarista en sus propias revoluciones) hasta cualquier otra revolución pasando por el cristianismo mismo, que fue el primero en incorporar todos los rituales paganos a la nueva religión como herramienta para extenderla a toda la población.
Las revoluciones siempre son parciales porque los hombres somos incapaces de cambiar radicalmente, está en nuestra naturaleza. Aprendemos a vivir en un mundo con unas normas y estructuras y si no los cambian totalmente sería imposible de gestionar. Podemos aceptar un grado de cambio, no un cambio total, eso no habría humano que lo resistiese. Vivimos condicionados por lo que hemos aprendido y no podemos soltarlo todo, siempre nos influye el pasado, para bien o para mal. Los revolucionarios “totales” en su infantilismo no entienden esto y por eso fracasan. Es esencial entender que la realidad, por mucho que nos disguste, es la base para construir algo nuevo y un freno que no vamos a poder eliminar.

Una última cosa. Una de las reprobaciones frecuentes que el statu quo hace a partidos como Podemos o a los “populistas” en general es por el lenguaje de enfrentamiento, de conceptualizar un “pueblo” contra un adversario. Esto, además de una estrategia para asustar, es producto de la idea del “fin de la historia”, de una democracia sin conflictos, de “consensos” como dice Errejón, esto que hemos escuchado tantas veces de que se gobierna para todos y de que hay cosas que son buenas para todos.
Estos “populistas” no están inventando en enfrentamiento ni trayéndolo por vicio, tan solo son la respuesta al fracaso de esta idea un tanto infantil de que el conflicto en democracia no existe. Sí existe, siempre ha existido y ha tenido que sentirse insegura y empobrecerse mucha gente para que volvamos a verlo. Una política siempre tiene un adversario, siempre tiene damnificados, segmentos sociales que van a ser perjudicados porque se les eliminan sus prerrogativas. Siempre ha sido así, lo importante es no confundir al adversario con el enemigo, porque es la esencia verdadera de la democracia, no confundir al adversario como un enemigo a excluir.