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lunes, 8 de mayo de 2017

Macron, presidente accidental y síntesis del establishment

















Monsieur Macron ha ganado las elecciones presidenciales francesas como se esperaba. Su resultado, 66% vs 34%, es algo mayor de lo que se esperaba a priori e incluso parece que ha llegado a provocar cierta decepción en el Frente Nacional de Le Pen, pero al final el hecho final es el mismo: Frente a Le Pen cualquier candidato iba a ganar, con la única duda de Melenchon.

Si hace año y medio alguien nos hubiese dicho que un miembro del gobierno Hollande iba a ganar la presidencia hubiésemos pensado que estaba loco. Los republicanos tenían todas las de ganar en una segunda vuelta contra Marine Le Pen, y los “socialistas” estaban fuera de todas las quinielas.
Que Macron haya llegado a ser presidente de Francia se debe básicamente a la suerte y a una cuádruple carambola a su favor. Lo primero que le benefició fue la elección de Fillon como cabeza de lista de Los republicanos, candidato muy conservador que, además, tuvo la “mala suerte” de estallarle un escándalo de corrupción en el periodo preelectoral. Lo segundo que le benefició fue la elección de Hamon como candidato socialista, candidato muy de izquierdas que alejó al “ala liberal” del socialismo francés de su propio partido y pasó a apoyar a Macron. Derivado de esto se produjo el tercer golpe de suerte: La debilidad de Hamon concentró el voto izquierdista en La Francia insumisa de Melenchon, y la caída progresiva en las encuestas no hizo más que profundizar la desafección de los socialistas hacia Hamon, potenciando también escapes hacia Macron. La cuarta razón fue su rival en la segunda vuelta, pues contra Le Pen casi cualquier candidato hubiese ganado.
Y así tenemos a un hombre sin partido y hasta hace nada sin programa al frente de Francia, catalizado por una serie de acontecimientos inesperados y por la quiebra del sistema de partidos de la V república francesa. Macron tiene el mérito de haberse colocado en el sitio adecuado en el momento adecuado, pero eso no le hubiese valido si la suerte no le hubiese acompañado.
Ahora falta por ver en qué condiciones puede gobernar Emmanuel Macron, pues se tiene que presentar a unas elecciones parlamentarias sin partido. Hay encuestas por ahí que le dan más de 250 diputados, quedándose no muy lejos de la mayoría absoluta. La verdad es que me cuesta creer estas encuestas, pero no soy un especialista en las interioridades electorales francesas y no me atrevo a rechazar esta opción. A priori me parece más probable que Macron tenga que convivir con Los republicanos de Fillon en una cohabitación, lo que obviamente le ataría mucho las manos.

Sin embargo, y a pesar del 66% de Macron, los enormes problemas que han llevado a un 34% de votos para Le Pen siguen ahí. En esta campaña se ha dado una imagen para mí muy simbólica, la de aquella fábrica que visitó Macron siendo abucheado y que, un rato después, visitó Le Pen entre aplausos. Tanto los “obreros” como los empleados de servicios parece que han apoyado mayoritariamente a Le Pen, mientras que los jubilados y los directivos han apoyado masivamente a Macron.
La ruptura entre lo que se llama ganadores y perdedores de la globalización es evidente, y a pesar de no existir una fractura generacional tan definida como la que existe en países como España (porque el Frente Nacional no es un partido de jóvenes sino más bien de gente de mediana edad), ésta también existe. Sería muy interesante ver también esta ruptura por origen o raza, pero en la cultura francesa esas cosas no se hacen y no creo que podamos tener nunca los datos.
A pesar de las primeras palabras de Macron, me temo que toda esta realidad va a ser escondida debajo de la alfombra o tratada con la medicina equivocada. En esta UE parece que lo único que importa es ir solventando las pelotas de partido conforme vengan, para respirar aliviados después y volver a estar encantados de conocernos hasta el siguiente envite “populista”.

Emmanuel Macron ha sido tratado con mimo por todos los medios de comunicación frente a la demonizada Le Pen, resaltándose sus virtudes y carrera meteórica. Pero Macron no parece nada más que un producto de marketing que esconde un socioliberal de toda la vida. Recuera a Albert Rivera en esa vacuidad que vive de la imagen y que crea medidas en función del eslogan y no al revés. Recuerda también a Jordi Sevilla. Hay mucho de palabrería moderna empresarial, como si fuese el típico gurú de un congreso de negocios hablando de tópicos sobre el emprendimiento, la modernización, la economía del conocimiento, etc. Pero en el fondo parece que hay poco nuevo, o quizá nada.
De Macron sabemos que estudió en el Instituto de Estudios políticos de París como casi todos los políticos de la V república, que se casó con una señora 24 años mayor que él que era ex-mujer de un banquero, que inició su carrera de banquero poco después de este matrimonio, que fue asesor económico y ministro de economía de Hollande y que no era querido dentro del PSF tanto por su tendencia al socioliberalismo como por su ambición. Más allá de esto, un libro de autopromoción y mucho marketing.
Viendo esto, parece que Macron no es un “hijo del establishment” como se ha dicho por ahí, realmente Macron parece la síntesis del establishment mismo. Sumidero de votos pro-establishment de centro-izquierda, centro y centro-derecha, exbanquero y alumno del IEP, embarcado en un proyecto personal como si fuese un joven emprendedor de Silicon Valley. Macron parece casi un personaje fabricado en base a un molde determinado.

¿Tendrá éxito Macron? Francamente, lo dudo. Ya es la enésima vez que se lanzan cohetes por el glorioso advenimiento socioliberal, pero nada apunta a que Macron vaya a correr un destino distinto a fugaces estrellas mediáticas como Valls o Renzi. Porque Le Pen representa una reactiva vuelta al pasado, a una situación donde los males de la globalización no nos afectaban. Pero Macron, en el fondo, también es esa vuelta al pasado, un pasado más reciente donde el “fin de la historia” había llegado y donde la adaptación a los fundamentos del mercado triunfante era inevitable.
Siendo muy distintos, Macron y Le Pen representan lo mismo: Una simbólica revuelta contra un estado de las cosas que sabemos que hay que cambiar, pero que no sabemos cómo cambiar y por tanto proyectamos hacia el pasado, más o menos lejano más o menos distinto en función de nuestro estatus y percepción de evolución social. 

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